Un héroe reencarnado
Hay que bancarse esas patillas, ese uniforme y sobre todo esa espada que lidera el camino a la libertad. También está el pequeño detalle del cruce de los Andes en las situaciones más adversas y vencer al ejército colonial más poderoso del planeta. La actuación de Rodrigo de la Serna y la dirección de Leandro Ipiña lo logran y reencarnan al Padre de la Patria desde su faceta épica hasta la cotidiana y afectiva.

Antes de Revolución, el cruce de los Andes, el conjunto semántico que reúne palabras y conceptos como patillas, bigotes, hombres en campaña, provincia de San Juan, Cordillera de los Andes y lucha por la libertad podría haber pertenecido a una película de culto del cine homoerótico del norte argentino. En estos días un grupo de hombres rudos y solos en un medio ambiente lleno de complicaciones remite más a los clichés homosexuales del estilo Village People que a una de las grandes epopeyas latinoamericanas.
Pero Revolución es todo lo contrario: los uniformes y las espadas, los acentos criollos y españoles, las barbas y las patillas y sobre todo la emancipación y la libertad pertenecen a una de las más grandes épicas militares, ideológicas y profundamente constitutivas de la historia argentina y latinoamericana. En 95 minutos, el director Leandro Ipiña lleva al público de la mano a través de parajes inhóspitos y luchas ensangrentadas que acompañadas de impecables actuaciones, léase la gran interpretación que Rodrigo de la Serna hace del Padre de la Patria, presentan a un pueblo y un líder en búsqueda de la más profunda necesidad humana: la libertad.
Sin desmerecer el prolijo trabajo de producción, en el cual participaron TV Pública, TV Española, la Provincia de San Juan y el INCAA, lo más relevante del filme es el trabajo actoral. La representación que laboriosamente logra De la Serna de San Martín es perfeccionada a través de pequeños instantes que funcionan como postales de la cotidianeidad de un héroe. A través de los recuerdos de Manuel de Corbalán, que durante su adolescencia luchó y conoció a San Martín, la película reconstruye al prócer desde su cotidianeidad, su mal humor, sus padecimientos físicos, su fuerza y aquello que lo hace inmortal: su valor como visionario que era capaz de ver más allá de lo que la adversidad y las montañas cubrían.
“Sí algo llega a ocurrirme, quiero que le hable sobre su padre”, le dice San Martín a su mujer embarazada al compartir el miedo que tiene de no regresar de la campaña y no conocer a su hija. Con diálogos y escenas como esta, llenas de intimidad y necesaria humanidad para convertir al prócer en persona, es que Ipiña y De la Serna vuelven a San Martín a la vida y arrancan merecidamente los aplausos del público al final de la función (hecho comprobado por el cronista que acudió a la sala principal del cine Gaumont la noche después del estreno).
Es así que Revolución, el cruce de los Andes es un relato de grandeza universal donde el represor acecha protegido por enormes adversidades pero los héroes, que van desde campesinos y esclavos hasta adolescentes de sangre terrateniente, marchan liderados por un hombre con la capacidad de cambiar la historia y el futuro de un pueblo entero. Los “godos” se convierten en una metáfora de la represión y la brutalidad. Por eso sus rostros ni sus tropas o banderas están definidos en la película. Pero la tarea que impulsa a ese grupo de hombres que cruzan la cordillera sí está definida: la libertad. Y lo demás no importa nada.
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