Pasear por el Parque Rivadavia da cierta melancolía, como cuando recorremos lugares donde alguna vez amamos a alguien que ya no está, espacios donde uno se siente apresado y donde fue libre. Hace un tiempo la Ciudad de Buenos Aires (Telerman comenzó la tarea) decidió que había que preservar el espacio público, así que le puso rejas a todo, tal como habían hecho en Londres. Importaron los parques encerrados en vez de permitirle a la gente apropiarse de la poca libertad que quedaba: estudiantes comprando libros usados para leerlos bajo los árboles, mateadas cuando comenzaba a oscurecer . Los miedos logran encasillar, mirar el alrededor con desconfianza para involucrase nada más que en uno mismo.
Esta soledad es compartida por muchos de los que antes frecuentaban este lugar. Horarios restringidos para transitar, actividades permitidas y prohibidas. Constantes policías de civil que observan, recordando que la mochila siempre debe ir bien agarrada y que el celular conviene no mostrarlo. Entonces, las rejas primero son impuestas por un modelo que obliga a sentir inseguridad, y luego son aceptadas por individuos temerosos. Enorme lástima esa de pretender preservar el césped del Parque Rivadavia mientras perdemos la posibilidad de disfrutarlo en su inmensidad. ¿No hubiera sido mejor contratar 5, 10, 15 personas que cuiden el parque? Qué importa ya.
En pocos días, se decidirá el futuro político de la Ciudad. Ojalá que las cámaras de seguridad y la multiplicación de rejas no sigan siendo uno de los condimentos principales de la gestión. En fin, ojalá que Mauricio Macri vuelva a la empresa.
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